Antes del profesionalismo, de la competencia pura, hay dos escalones bien diferenciados: el fútbol infantil y el juvenil. Dos compartimientos distintos, pero con bases sólidas y grandes similitudes en su crecimiento y en su único y gran objetivo: hacer realidad una auténtica escuela de vida. De hecho, en las últimas décadas, se ha optado por agrupar ambos escalones en el término "Fútbol Formativo", haciendo hincapié en el desarrollo integral del jugador, incluyendo educación, valores y crecimiento personal.
Ambas categorías, distintas pero complementarias, con genuinos y sanos propósitos, van abriendo primero a los chicos y luego a los jóvenes un sólido camino hacia la gran aventura de la inserción en la sociedad del hombre que se está formando. En definitiva, lo único que cuenta.
En la etapa infantil, se parte de lo lúdico: el juego, el entrenamiento, la educación en todos los niveles. Se privilegia la convivencia, el respeto, el aprender a compartir, para luego avanzar lentamente a medida que los chicos suman años y experiencia en lo formativo. Este es el tramo del camino en el que, bajo el permanente control de dirigentes y profesionales, los adolescentes (juveniles), casi como si se tratara de un compromiso escolar, año a año se van acercando, con "todos los deberes hechos", al fútbol grande. Al fútbol soñado.
La Asociación del Fútbol Argentino sabe muy bien que muchos de los miles de chicos que prepara y enseña no llegarán al estrellato. Pero tiene la conciencia tranquila, porque no ignora que, de manera silenciosa y aunque esa no pareciera ser su tarea específica, con gran esfuerzo e importantes erogaciones de dinero, cumple una función por demás relevante: hacer docencia. La formación de un jugador de fútbol debe ser una tarea conjunta, donde padres, entrenadores, profesores, dirigentes, todos tengan un rol protagónico. Es la única manera de que el niño se sienta apoyado, y que su formación sea integral, que le permita ser un deportista de bien, que no solo piense en ganar, sino en cómo se juega y en cómo se comporta dentro y fuera de la cancha. Y ayuda, con la colaboración incondicional de sus clubes afiliados, a formar buenos ciudadanos, a quienes dota de grandes herramientas para encarar el porvenir fuera de un campo de juego. Algo que se debe inculcar en esta etapa de la vida infantil, es que comprendan que el fútbol en su esencia es sólo un juego, por lo que al practicarlo deberán expresar libremente sus virtudes y sus defectos, sin sentir presiones ó exigencias traumatizantes; en una palabra, deben considerarse valiosos por lo que son y por lo que hacen jugando, más allá de cómo lo hagan.
Es de interés primordial persuadirlos del verdadero significado que tiene, -a esta altura de sus vidas- el triunfo ó la derrota en un simple partido de fútbol, ya que siendo esta una de las actividades que llevan a cabo, no es la única ni la más importante.
Para que así lo entiendan, es fundamental que sus padres o allegados, acepten la mayor o menor capacidad del niño para la práctica, (hasta aquí juego-deporte) sin caer en actitudes que signifiquen grave daño para una personalidad en formación, como puede ser la crítica despiadada que los haga sentir culpables por no haber cumplido una actuación como ellos pretenden ó estarán convencidos debía hacerlo, humillándolo frente a sí mismo y a los demás; por el simple hecho de no haber dado respuesta favorable -según su sólo criterio- a las expectativas ó ilusiones que en sus mentes habían creado.
El 13 de octubre de 1983, la Asociación del Fútbol Argentino puso en marcha un proyecto que, con el correr de los años y la perseverancia de sus dirigentes, se convertiría en un verdadero bastión de inclusión social y dignificación: creó la Comisión de Fútbol Infantil. Esta fue en su momento, y lo sigue siendo ahora, la respuesta más apropiada a los fantasmas de la droga, el alcohol, la desocupación y sus inexorables aliados: la desidia, las malas compañías, la violencia, la intolerancia y la marginalidad.
Dijo Albert Einstein: "En épocas de crisis, es más importante la imaginación que la inteligencia". Y en el fútbol infantil hay mucho trabajo, mucho corazón, mucha creatividad. Porque para contener y asistir a más de 30.000 chicos por año, que son los que juegan en las distintas categorías del fútbol formativo de AFA, para formarlos primero en la escuela de la vida y luego en la del fútbol, se requieren, cuando menos, enormes cuotas de voluntad e ingenio.
Cuatro décadas de trabajo incansable y de constante aprendizaje y crecimiento, porque los dirigentes, los árbitros, los médicos y los formadores técnicos aprendieron haciendo, en una labor que trascendió largamente las fronteras. Un ejemplo de orden, trabajo y docencia que se convirtió en un más que interesante producto de exportación y que se transformó en el primer gran escalón de lo que luego se vio reflejado en las numerosas conquistas en el ámbito internacional de nuestras selecciones. Aunque esa faceta, la de los triunfos, no fuera el objetivo de quienes se dedicaron entonces y lo hacen ahora, los éxitos llegaron solos, por decantación, como consecuencia de una obra plantada con buenos cimientos y construida con pétrea solidez.
Bien se dice que "los árboles con buenas raíces son los que dan mejores frutos". Y eso es lo que se plantearon los dirigentes de AFA con directivas y objetivos muy claros: formar niños capacitados, primero, para enfrentar con entereza la dura batalla que representa la vida diaria y luego, en la medida de lo posible, buenos jugadores de fútbol. Hoy, sin apelar a la falsa modestia ni a los eufemismos, puede afirmarse que se sigue cumpliendo con las metas visionariamente fijadas.
Las metas que se propuso y logró alcanzar la Comisión de Fútbol Juvenil e Infantil a lo largo de sus años de vigencia priorizan al chico como ser humano por sobre el futbolista. Se le da la trascendencia que merece el concepto de jugar por sobre el de competir y se fijan pautas de cuidado y seguimiento que deben respetar todos aquellos niños que se acercan a las instituciones para desarrollar su pasión por eso tan entrañable y pasional que es el fútbol.
Esos lineamientos férreos y jamás negociables son los siguientes: seguridad médica absoluta, control nutricional, seguimiento escolar, adecuados elementos para la práctica del deporte, canchas y vestuarios en condiciones, técnicos, árbitros y dirigentes con vocación docente, y una tarea de aprendizaje para los padres, para que estos entiendan que el entrenador es el responsable y el que da las directivas.
Los chicos encaran esta etapa como un entretenimiento, una diversión, donde lo formativo siempre estará por encima de los resultados. Donde, por sobre todas las cosas, se atienden los requerimientos anímicos y emocionales de los chicos. Los porcentajes, con la frialdad inalterable que los números tienen, ratifican la validez del concepto: solo uno o, a lo sumo, dos pibes de cada cien posiblemente logre ganarse la vida con el fútbol. Entonces, lo importante es que los 98 restantes resulten capacitados y fortalecidos para vivir sin el fútbol. Y es justamente para ese 98 % —que jamás llegará a jugar en la Primera División— que trabaja la AFA, para que ese "no llegar" no se convierta en una frustración que deje secuelas.
Las bases, desde siempre, fueron iguales para todos. Sin control médico y escolar, no juega nadie. Pero esto lejos está de ser sectario o excluyente, todo lo contrario: a los chicos se les hace, sin distinción alguna, un control médico de primer nivel y se les efectúan, por intermedio de las instituciones, seguimientos en sus labores escolares.
Una vez conseguida el alta, los chicos ingresan al mundo del fútbol, pero un mundo distinto al que conoce el grueso de la gente. Un mundo donde los goles y los triunfos son lo menos importante, al punto de que intervienen en torneos y no en competencias, término absolutamente prohibido en las diferentes categorías infantiles. Donde la prioridad absoluta la tienen la formación, la salud y el respeto por el compañero y el adversario. Un mundo donde la palabra "discriminación" no tiene cabida. Un mundo casi ideal, donde es más importante el premio Juego Limpio ("Fair Play") que la obtención de un resultado e incluso de un título.
El chico ingresa a la división menor y se lo trata como una joya a la que hay que moldear de manera permanente. Ese es el objetivo. Allí se vuelcan los mejores esfuerzos. Esa es la síntesis del Fútbol Infantil. Todo un desafío. Un compromiso de honor para el que se renueva y vigoriza la voluntad e inteligencia de los dirigentes todos los días del año.